El Cristianismo, Sobrenatural-Trinitario

P. Fr. Alberto García Vieyra O.P.

 

El tratado sobre la Trinidad es la clave de bóveda de todo el dogma cristiano. La última explicación de la encarnación del Verbo, de los sacramentos, de la Iglesia, de la vocación misma del hombre, llamado a ser hijo adoptivo de Dios por la gracia santificante, es la acción temporal de las Divinas Personas.

La vida cristiana es esencialmente trinitaria: tiene su causa formal o estructura en la gracia, que es participación de la vida trinitaria. La vida cristiana en cuanto tal, no nace de abajo para arriba, sino que viene de arriba hacia abajo. Viene del cielo en la Misión de las divinas Personas y llega hasta la tierra. Viene para sanar y levantar nuestra naturaleza caída:

Benedictus qui venit in nomine Domini.

Este carácter trinitario de la vida cristiana hace que el estudio de nuestro tema sea una necesidad profundamente vital. El sacerdote, el religioso, el mismo laico católico, deben llegar muchas veces a estas últimas raíces de su vida espiritual para "revestirse de la armadura de la fe", en expresión de San Pablo, y sobreponerse a las mil tentaciones de psicologizar o secularizar, que desvirtúan la vida cristiana.

Tales tentaciones han existido siempre, pero particularmente hoy, por la propaganda, la prensa, la seducción, el escándalo, el error; el verdadero tormento de una problemática puramente humana, técnica, económica, nos lleva a olvidar las cosas de Dios, y desvirtuar la vida cristiana.

Por este motivo, hemos pensado que lo más oportuno es referirnos al carácter trinitario de nuestra vida cristiana. La vida cristiana, el cristianismo, tiene su raíz en la gracia; la gracia, principio de vida sobrenatural, es una participación creada de la vida divina (cfr. Suma Teológica, I-II, q. 110, a. 1). Es por eso que, con justo título, podemos hablar de la vida cristiana, en cuanto trinitaria, y del carácter sobrenatural del cristianismo.

El cristianismo, entonces, no es un valor, como lo conciben una filosofía axiológica (Otto, Scheler); ni es un mero valor histórico (Dilthey); ni es un humanismo ni es un evolucionismo a partir de la materia (neo-modernismo "católico"). Para precavernos contra concepciones deformantes, debemos mirar en el cristianismo su carácter sobrenatural y trinitario.

Agnosce o christiane, dignitatem tuam, et divinae consors factus naturae, noli in veterem vilitatem degeneri conversatione redire (San León Papa, Sermo I de Nativitate Domini), (Reconoce ¡oh cristiano tu dignidad; y hecho partícipe de la divina naturaleza, no quieras volver a la antigua vileza por una vida degenerada).

La dignidad del cristiano es, pues, divinae consors factus naturae: participar en la vida de la Trinidad beatísima; en esa participación recibe el principio de la bienaventuranza.

Nuestra época gusta llamarse nueva y en evolución, y tiene lenguaje y silencios, que anticipan las líneas de su desarrollo: Hombre, humanismo, pluralismo, evolución, libertad, apertura, ecumenismo, diálogo.

En el documento sobre la Iglesia y el Mundo actual del Concilio Vaticano II, se habla de la turbación de los espíritus, de transformación de las condiciones de vida, vinculadas a una evolución global más amplia (nº 5). La negación de Dios -dice más adelante- se presenta no rara vez como una exigencia del progreso científico, y de un cierto humanismo nuevo (nº 7). El Papa Pablo VI ha dicho en Ecclesiam Suam, que "el naturalismo amenaza vaciar la concepción original del cristianismo". Esta turbación de los espíritus ha creado un cristianismo culturalista, sociologista, evolucionista, sin trascendencia sobrenatural. La crisis del mundo moderno es por la pérdida de lo sobrenatural. Es un pseudo catolicismo, que habla sin medida del Hombre y de valores humanos, pero lleva en su corazón la desesperación teológica en cuanto a la virtud de la Esperanza, y la apostasía, en el orden de la Fe.

No vamos a insistir en este proceso de descristianización y pérdida que comienza como se sabe en el Nominalismo. La figura del Hombre emerge en el Renacimiento con el incremento de las ciencias empíricas; pero la figura no es la sustancia. La sustancia humana se ha hundido con el ser, como el sol se hunde en el poniente dejando sombras y necesidad de luces artificiales. Perdido el ser del horizonte, el hombre pierde su categoría metafísica, dejando tras de sí los hitos de instancias antagónicas que caen confundidas y anarquizadas en la sombra. Nuestra actual concepción del cristianismo, también ha caído en las sombras, confundida con el humanismo, evolucionismo, marxismo. El cristianismo se ha vuelto el tesoro, aún escondido en el campo, de que habla el Evangelio (Mt. 13, 14); debemos buscar para encontrarlo y poseerlo en el gozo del Espíritu Santo.

 El Cristianismo, la vida cristiana en sí misma, es esencialmente sobrenatural y trinitaria, por razón de su constitutivo formal que es la gracia divina.

Por gracia entendemos: la gracia de unión (la unión hipostática), la gracia capital en Jesucristo, la gracia habitual santificante, la gracia sacramental, las gracias actuales y las denominadas gratuitas. Todo lo que entra en el concepto de don sobrenatural, que se da al hombre no por razón de su naturaleza, sino por razón de su salvación y elevación al carácter de cristiano, pertenece a la gracia.

La gracia es por ese motivo constitutivo formal de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Jesús, constitutivo formal de la justificación y de la predestinación. En síntesis, es el constitutivo formal y propio del cristianismo. Es por ese motivo, que no podemos en ninguna manera intentar humanizar o naturalizar la religión cristiana, sin despojarla de su carácter intrínseco y constitutivo esencial. Sobre ella se asientan las virtudes cristianas, con las que el hombre obra como cristiano.

Tenemos especial interés en destruir la falsa imagen de un cristianismo naturalista, humanista o evolucionista. Por ese motivo debemos insistir sobre la gracia, como don divino, sobrenatural y trinitario, para devolver a la Religión cristiana su verdadera fisonomía.

 

a. Es sobrenatural.

Nueva Ley, nueva alianza y cristianismo son expresiones sinónimas. Esta última es posterior en el tiempo, más reciente, pero significan lo mismo que las anteriores.

Ley Nueva, nueva alianza y cristianismo, al ser perfectamente sinónimos, poseen el mismo constitutivo formal.

Lo principal en la Ley Nueva, y en lo que está toda su virtud, dice Santo Tomás, es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo. Por consiguiente, la ley nueva, principalmente es la misma gracia del Espíritu Santo (S. Teol., I-II, q. 106, a. 1).

Santo Tomás se funda en el texto de Jeremías donde se afirma que la nueva alianza será un don infuso por Dios en el corazón del hombre. Este texto será interpretado por San Pablo (Hebr. 8, 8-10), y explicado por San Agustín y Santo Tomás, en el articulado de la cuestión mencionada.

"He aquí que vienen días, dice Yahvé, en que haré una nueva alianza con la casa de Israel, y con la casa de Judá; no como la alianza que hice con sus padres cuando los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto...  Esta será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Yahvé: Pondré mi ley en sus entrañas y la inscribiré en sus corazones; y Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (Jer. 31, 31-33).

El texto de Jeremías nos delata el carácter de la nueva ley: un don infuso por Dios en el hombre; no sólo la prescripción, el mandato de una vida nueva, sino la misma vida nueva en el alma, dado para ser vivida por el hombre, inscrita en su corazón, como sello de la nueva alianza entre Dios y el mismo hombre.

En este texto leemos cuatro cosas:

1º) Que todo lo escrito en el Nuevo Testamento se refiere a la gracia divina. Además de las menciones ocasionales, muy numerosas, al don o favor especial de Dios, todo lo escrito en los Evangelios o en las Epístolas, se refiere a este don infuso, que sella el pacto definitivo de amistad entre el género humano y el Señor.

"En el texto del Santo Evangelio no se contiene sino lo que toca a la gracia del Espíritu Santo, bien sea como disposición, bien como ordenación para el uso de la gracia" (ad 1m.).

2º) Que se trata propiamente de un don infuso en el hombre, y no de una mera imputación jurídica en el hombre de los méritos de Cristo, o de la acción salvadora de Dios, como quieren los protestantes. El texto nos sugiere que la gracia es algo en el hombre.

3º) Que siendo el pecado la causa de la separación del hombre con Dios, y la gracia lo constitutivo de la nueva alianza, quiere decir que la gracia trae al hombre la remisión de sus pecados, antecedente necesario para la unión con Dios.

4º) Lo principal en el Nuevo Testamento, no es leer materialmente el texto y notificarse de las verdades que contiene. Sería la letra que mata, sin el Espíritu que vivifica. La lectura debe conducirnos a la gracia. Debe llevarnos a incorporarnos más y más en la vida sacramental de la Iglesia, donde comienza la alianza eterna que se consuma en el Cielo. Tal nos parece ser el sentido teológico del texto de Jeremías, con el cual Santo Tomás prueba que la nueva ley es infusa y que es la divina gracia.

Está claro que el cristianismo no nace del hombre sino que viene de Dios.

 

b. Es una perfección trinitaria.

Evidentemente, si el constitutivo formal, intrínseco de la vida cristiana es sobrenatural, quiere decir que toda la vida cristiana es esencialmente trinitaria.

Igualmente todos los elementos que integran una concepción adecuada del cristianismo, aunque sean de orden natural, deben ordenarse, mediata o inmediatamente a lo sobrenatural. Una civilización cristiana auténtica debe ordenarse también por la misma razón, a lo sobrenatural.

Decimos que si la gracia divina es sobrenatural, es una perfección trinitaria.

Por el concepto mismo de sobrenatural, no hay nada sobre la naturaleza creada (ángeles, hombre, universo corpóreo) que no sea la Santísima Trinidad.

Por tanto la gracia, siendo una perfección de orden sobrenatural, debe ser un don trinitario.

"La gracia -dice Gonet- siendo una forma física y sobrenatural debe participar de alguna perfección" (Clypeus Theologiae Thomisticae, Vives, París, 1876, vol. IV, p. 702)

Al decir "sobrenatural", significamos una participación íntima de la misma deidad, tal como es posible para una creatura.

La intimidad de la deidad es la trinidad de Personas en la unidad de esencia. Por eso el carácter trinitario está suficientemente señalado con el concepto de sobrenatural.

Por "sobrenatural" significamos el modo de ser de la misma divinidad. Este modo de ser -digámoslo así- implica las relaciones subsistentes constitutivas de las Personas del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Al darnos una participación de la naturaleza divina: consortes divinae naturae, como dice San Pedro, se nos ofrece un don de más valor que el universo creado, porque es un don divino, propio de Dios.

Debemos advertir, con el Angélico Doctor, que todas las perfecciones de las creaturas (bondad, belleza, etc.) son participaciones creadas de la perfección que hay en Dios. Participaciones lejanas, pero reales.

En las creaturas irracionales tenemos el vestigio de la Causa inteligente que las ha producido. En las intelectuales dice una imagen más o menos imperfecta. La naturaleza intelectual se dice más bien "hecha a la imagen de Dios", y no "imagen de Dios".

En la gracia y en la gloria tenemos otros grados de similitud o reproducción de la naturaleza divina: por conformidad en la gracia; por similitud en la gloria (I, 93, 4). El don de la gracia es pues, participación, similitud, reproducción creada (desde luego), de la naturaleza divina. Por eso es un don de orden trinitario.

 

La Vida Cristiana es efecto temporal de la misión de las Divinas Personas.

La vida cristiana constituida por la gracia y virtudes infusas, arraiga en la misión de las divinas personas. Es el fruto de la acción que denominamos especial. El término de esa acción no es ni la creación ex nihilo (de la nada) ni la conservación de lo creado; canaliza algo muy concreto, la voluntad salvífica del Padre, comunicada en la Misión de las Divinas Personas, cuyo término es la gracia. Como dice el Apóstol: "despojaos del hombre viejo con todas sus obras y vestíos del nuevo" (Col. 3, 10), la nueva vestidura es la gracia; "ahora sois luz en el Señor, andad pues como hijos de la luz" (Ef. 5, 8). No hay una nueva creación pero sí una nueva condición humana que modifica profundamente la imagen del hombre caído; en otra expresión igualmente gráfica, pasa de ser hijo de ira a hijo de Dios. Hay un cambio en la condición del hombre que ningún humanismo puede desconocer, como no puede olvidar que el estado actual y real de la naturaleza es el estado de una naturaleza caída, y que el medio de su elevación es la gracia de Dios.

Misit Deus Filium suum in mundo (Juan 3, 17: envió Dios su Hijo al mundo); el Hijo es enviado, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo en El. La salvación es el término de la misión; la salvación debe empezar por la fe: "para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (ib. 16). La vida está en el Hijo (I Jn. 5, 11); el que tiene al Hijo tiene la vida, el que no tiene al Hijo de Dios tampoco tiene la vida (ib. v. 12).

La Iglesia ha recogido el testimonio de Jesús enviado del Padre. Al terminar el sermón eucarístico, pronuncia estas palabras:

"Así como el Padre que me envió vive y yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí" (Jn. 6, 57).

Y en otro lugar:

"No estoy solo sino Yo y el Padre que me ha enviado" (ib. 8, 16).

En la Escritura tenemos dos expresiones características: el que viene, o el enviado. Una y otra aluden a la misión, a Dios que debe venir a reinar en medio de su pueblo. Viene a reinar, viene como portador de la bendición, viene como el Deseado de las naciones, la Luz, la Gloria, el Pan vivo, o simplemente, como Jesús mismo se califica, el Enviado del Padre.

San Juan Evangelista recogió con singular solicitud expresiones en que Jesús hace referencia al Padre que le ha enviado:

"Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo" (3, 13).

Pero baja del cielo para engendrar la fe, que debe salvar a los creyentes:

"Para que todo el que creyere en El tenga la vida eterna" (ib. 15).

La voluntad del Padre expresada por Jesús, es que todo el que ve al Hijo y cree en El tenga la vida eterna (Jn. 6, 40). Jesús, el Enviado del Padre, no perderá a los que el Padre le ha entregado (ib. 6, 44).

"El que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no lo conocéis (Jn. 7, 28); ahora estaré con vosotros un poco de tiempo y me iré al que me ha enviado (Jn. 7, 33). No estoy solo, sino Yo y el Padre que me ha enviado (Jn. 8, 16). El que me ve, ve al que me ha enviado (Jn. 12, 45)".

Su palabra es también la palabra del Padre:

"...la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió (Jn. 14, 24)" (1).

Jesús es el enviado del Padre. Posee, sin embargo, una voluntad con el Padre: es como el Padre, pero no es el Padre. En cuanto Dios es igual al Padre; en cuanto hombre es menor que el Padre.

San Juan ha contemplado profundamente este misterio del Hijo de Dios y su misión en el mundo:

"Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos" (I Jn. 3, 1). El Amor se había manifestado en Pentecostés. Sí, el amor del Padre y del Hijo vino sobre los Apóstoles como viento impetuoso, y se hizo sensible en lenguas de fuego: "quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas" (Hechos, 2, 4).

Tenemos la misión del Hijo y la del Espíritu Santo. Una misión institucional, fundacional, creadora; otra misión renovadora, transformadora, santificadora. Una misión que engendra la fe, e implanta la vida; otra misión que moviliza la fe y renueva la vida. Es la distinción que se puede apreciar entre la misión del Hijo y la del Espíritu Santo.

En el concepto de misión, dice Santo Tomás, se incluyen dos cosas: la relación del enviado a quien lo envía; la otra la relación del enviado al término de su misión (cfr. S. Teol., I, q. 43, a. 1).

"El que cree en Mí jamás tendrá sed" (Jn. 6, 35).

El enviado, en este caso no es menor que Quien lo envía: el Hijo es igual al Padre; el Hijo no es enviado por vía de mandato o de consejo, Santo Tomás excluye las dos cosas. Hay solamente una comunicación de naturaleza, en ella el Hijo recibe la voluntad de salvar a los hombres; en esa voluntad, que es común al Padre y al Hijo, va implícito el motivo de su misión en el mundo: "tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito". Es por la naturaleza asumida que el Enviado entra en relación con el término de su misión. Salvar es redimir del pecado, restaurar la alianza entre Dios y los hombres, labrar la unión del hombre con Dios. El Enviado llega al término de su misión después de instituir el Reino de Dios, en la Cruz para la redención, y en la Eucaristía, para dejar consumada la alianza verdadera entre Dios y los hombres redimidos.

La misión de las divinas personas pone en el mundo una reproducción de la vida trinitaria. O sea que el efecto temporal connota la distinción de Personas. Tal es la vida divina de la gracia, que connota, como decimos, la distinción de personas. Todos los efectos ad extra son por igual de las tres divinas personas; pero en los efectos temporales de la misión, está patente la distinción de las tres divinas personas, por su oposición de origen.

Es el misterio de la unión y distinción; de la salida del Hijo del Padre, el Verbo en el cual se dice todo lo que El es, y por el cual ha hecho todas las cosas. Es la vuelta del Hijo al Padre en el amor consustancial, eterno e infinito que les une.

En el misterio de la unión y distinción de las divinas personas, debemos tener en cuenta, que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. En cuanto a la esencia, el Padre y el Hijo tienen la misma esencia divina: el Padre comunica la esencia al Hijo sin transmutación alguna, de donde se sigue que la esencia del Padre está en el Hijo y viceversa. Según el origen, la procesión del Verbo inteligible permanece en quien lo profiere. Las mismas razones son aplicables al Espíritu Santo (cfr. S. Teol., I, q. 42, a. 5).

En el Hijo está el Padre. Jesús dice a Felipe que quien le ve, ve al Padre. Pero Jesús se distingue claramente de su Padre, que le ha enviado. En Jesús, el Hijo de Dios, está toda la voluntad salvífica del Padre, y todo el poder del Espíritu Santo.

En aras de esa voluntad -que le es propia- y por el poder del Espíritu, el Hijo se ofrece en la Cruz por los pecados del mundo. El misterio de la Cruz no es solamente instrumento de reparación del pecado, sino altar del Sacrificio. Por el Sacrificio viene la reparación del pecado, por lo que tiene de significativo y eficaz.

El amor -dice el Padre Chardon- es causa de muerte en aquél que ama, y principio de vida en aquél que es amado (La Croix de Jesús, París, 1937, p. 143). El Hijo hecho Hombre se ofrece en el sacrificio de la Cruz, como se ofrece en el cielo, en un éxtasis de amor a la gloria de su Padre.

Extasim pati aliquis dicitur cum extra se ponitur (S. Teol., I. II, q. 28, a. 3). En el éxtasis, efecto del amor de amistad, agrega el Angélico, la persona se pone fuera de sí.

El Hijo en el cielo glorifica al Padre dándose todo, en el Amor Consustancial en el cual mutuamente se aman. El Hijo hecho hombre en la tierra, glorifica al Padre, dándose todo en el cruento sacrificio del Calvario. El sacrificio pertenece a la creatura (cfr. ibíd., II-II, q. 85, a. 1); a él ha ido por la fuerza del amor para redimir a los hombres de sus pecados.

Existe un verdadero y real paralelismo, que muestra una analogía. El Hijo nace del Padre, sale del Padre por el Amor, que es el Espíritu Santo. "El Padre ama al Hijo por el Espíritu Santo", dice el Angélico Doctor (ibíd., I, q. 37, a. 2). Tal sería uno de los términos paralelos.

El otro es el siguiente y se refiere al Hijo de Dios encarnado: El Hijo nace del Padre en Belén, y se vuelve al Padre por la Cruz, habiendo redimido del pecado lo que estaba caído.

En este paralelo la Cruz de redención ocupa el lugar del Espíritu Santo. El éxtasis de amor por el cual se entrega el Hijo al Padre, y el Padre al Hijo, es en la tierra la entrega de Jesús a su Padre en el árbol de la cruz.

El Hijo, por amor, sale fuera de sí para entregarse al Padre, en lo alto de los cielos y en lo alto del calvario. Las tinieblas se extendieron sobre la tierra, dice el primer Evangelista (Mt. 27, 45), como la luz que brilla en lo alto de los cielos, cuando el Padre glorifica a su Hijo y el Hijo glorifica a su Padre, con todos los elegidos.

Aquí aparecen dos cosas. Primero: como la vida cristiana tiene sus raíces en la misión de las divinas personas, está en íntima ligazón con la misión del Hijo y del Espíritu Santo. La gracia divina, que es el constitutivo formal de la vida cristiana, con todo su cortejo de virtudes, es el efecto temporal de aquella misión.

En segundo lugar, vemos cómo aparece patente la distinción entre las divinas personas. En Dios tenemos la misma naturaleza divina; la misma naturaleza está en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Todos los atributos llamados absolutos son comunes a las tres divinas personas. Puede leerse el Símbolo Atanasiano: no hay tres increados, ni tres eternos, ni tres inmensos, sino un sólo increado, un sólo eterno, un sólo inmenso. Sin embargo, en esta unidad de naturaleza debemos contar las tres relaciones subsistentes, constitutivas de las tres divinas personas.

Santo Tomás explica las tres divinas personas a partir de las procesiones. El camino que se traza es: procesiones, relaciones, Persona. Después estudia cada una de las divinas personas, para cerrar el tratado con las relaciones de las personas con la esencia, y entre sí. Por último la inhabitación de las divinas personas en el alma del justo, que se realiza por la gracia santificante (cfr. I, q. 43). La distinción de las divinas personas es así un hecho en todo el Nuevo Testamento, y que también puede rastrearse en el Antiguo. Más que de buscar textos aislados, es cuestión de ver toda la labor del Hijo, y toda la obra del Espíritu Santo, en Jesús, y enviado por Jesús y su Padre en el día de Pentecostés.

Nosotros queremos aquí dejar en claro, el origen trinitario de nuestra vida cristiana y cómo ese origen le imprime el carácter de una vida crucificada que debe redimirse todos los días del mundo.

El amor del Espíritu Santo, que está en las fuentes mismas del cristianismo, quiere llevar y lleva a la Iglesia al árbol de la Cruz, donde están pendientes y maduros los frutos del árbol de la vida. "Vacía tu corazón -dice el Kempis- de todo amor desordenado".

El Hijo es la Palabra del Padre: la palabra llega al hombre en el Sacramento. La Palabra es generacional, fundacional, creadora: "todas las cosas fueron hechas por El" (San Juan, prol.).

El Hijo hace, el Espíritu transforma y santifica.

El Hijo es la Palabra, la Palabra engendra la Fe, y por la Fe nace la vida eterna:

"El que cree en Mí jamás tendrá sed" (Juan, 6, 35).

La Palabra de Dios es semilla, dice la Parábola del Sembrador, y la semilla es principio de generación. La Fe abre las puertas de la vida, e introduce en el Sacramento de la Alianza.

La vida divina en el hombre comienza así en el Verbo, asume toda la existencia humana que transforma y santifica por el Espíritu Santo.

En el proceso de la vida divina participada tenemos también connotada la distinción de personas, el reflejo de las propiedades personales del Hijo y del Espíritu. La vida divina de la gracia importa pues: avance en la generación por el crecimiento, y maduración en la procesión de amor. Para el cristiano lo primero es aumento de la gracia, crecimiento en la caridad. Lo segundo es identificarse con Jesús crucificado, la inmolación mística con Jesús en la Cruz. Cúmplense así las etapas de la vida del Señor: nacimiento, crecimiento, muerte y resurrección.

El Apóstol Pablo se alegra de sus fieles de Colosas por la firmeza de su fe en Cristo. Por la fe han recibido al Señor Jesús, y así deben andar en El:

"Pues como habéis recibido al Señor Cristo Jesús, andad en El arraigados y fundados en El, corroborados por la fe, según la doctrina que habéis recibido... Con El fuisteis sepultados en el bautismo y en El asimismo fuisteis resucitados por la fe en el poder de Dios que le resucitó de entre los muertos" (Col. 2, 6-7; 12).

El simbolismo de la vida, muerte y resurrección señala la línea del proceso del Amor en la economía cristiana, es lo que está ya representado en el bautismo:

"¿Ignoráis acaso que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte, para que como El resucitó entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva? Porque si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom. 6, 4-5).

El cristiano está llamado a una participación en la muerte y resurrección del Señor. Debe llegar a su término la obra del Amor. La gracia trae a su alma el misterio de la Cruz y la resurrección, como lo llevará después a contemplar en la Trinidad la procesión de amor, la salida del Hijo, y la vuelta al Padre, la teofanía grandiosa que contemplan en el cielo los bienaventurados.

La vida divina viene al hombre en la gracia, con esa relación de oposición: es generación y es inmolación; es muerte y es resurrección. Es generación por la Fe, oblación de la criatura en el altar del Sacrificio, y resurrección gloriosa en el cielo.

El Padre Louis Chardon O.P., uno de los grandes místicos que la Orden dominicana tuvo en el siglo XVII explica el papel de la Cruz en el misterio de las almas que van por los caminos de Dios (cfr. op. cit.).

Jesús amaba el misterio de la Cruz. La gracia en su alma le inclinaba hacia la Cruz, y no podía verse satisfecha más que por la Cruz misma (ib., p. 113).

Es la gracia vida que viene del Padre, que abraza de amor al Hijo, comprendida su naturaleza humana, instrumento de la divinidad (cfr. III, q. 49, a. 1). Como instrumento que es, aquella naturaleza creada entra en el océano de las intenciones divinas; queda prisionera del Espíritu Santo, para la redención del mundo. En Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Col. 2, 9).

Podemos pensar en el alma santa de Jesús, unida al Verbo, recibiendo de lo Alto tempestades de luz y de amor por la salvación de sus hermanos los hombres. Esas tempestades bajaron muchas veces a Jesús en las aldeas y colinas de Galilea, y llevaron sus deseos y esperanzas hasta la cima del Calvario.

Por la gracia divina, sobre todo por la Eucaristía, nosotros tenemos acceso a este orden admirable y terrible para nuestra pobre naturaleza caída. La fuerza de la gracia lleva al cristiano hacia la Cruz. Es lo que San Juan de la Cruz explica como la noche del sentido y del espíritu.

Digamos que en la gracia divina, en la pasión y muerte del Salvador, y en lo alto de los cielos tenemos: el Padre como principio, la generación de la vida que nace y crece, y el amor que consuma; en el cielo el encuentro del Padre con el Hijo; en la Cruz la oblación de la Víctima; en la gracia, la participación con Cristo crucificado. Santo Tomás explicaría en un lenguaje más claro aunque menos descriptivo, que la vida cristiana tiene en la gracia su causa formal: en la cruz o en la pasión del Señor, su causa eficiente, y en la gloria su causa final, y digamos también su suprema forma ejemplar.

 

c. Conclusión.

A modo de conclusiones, para quienes las necesiten, digamos lo siguiente:

a) El cristianismo no es (como lo quiere el teilhardismo) un evolucionismo a partir de la tierra o del hombre. Viene de arriba para abajo, no de abajo para arriba.

b) La madurez de la vida cristiana es vivir en la fe y en la gracia de Dios. No quiere instituciones marxistas o "desacralizadas", como lo sostiene cierta moderna ideología. Puede darse la vida de la fe en ellas, no es imposible, pero no es lo normal.

c) La expresión "humanismo cristiano", fortificada por una apologética victoriosa en la última contienda, es contradictoria en sus términos. Para justificarla hay que hacer un centenar de distinciones y salvedades. En sentido político, puede ser viable para un régimen respetuoso del derecho natural y de la ley divina positiva, siempre que el adjetivo "cristiano" tenga una verdadera gravitación.

d) Dentro de la concepción de "humanismo", incluimos también a los nacionalismos meramente naturalistas, que prescinden de la fe y de la vida cristiana.

e) Lo fundamental y absolutamente necesario para la vida del hombre y las instituciones, es la gracia divina, y la vida inspirada en la fe, la esperanza y la caridad.